viernes, 29 de enero de 2010

¡Que alguien llame a un filólogo!

Visto que la amenazadora inminencia de los exámenes de febrero tiene seco el cerebro de los estudiantes para la reflexión y la crítica, aprovecho la coyuntura para introducir un tema que, por su carácter indiscreto y hasta morboso, puede que os sirva de pasatiempo en estas semanas infernales de estudio: la falsificación literaria.
Los motivos pueden ser de lo más variado: oscilan desde el puro fraude con fines ideológicos y crematísticos hasta el más inocente entretenimiento y la simple casualidad. El caso es que, de una forma u otra, la literatura antigua está llena de documentos apócrifos, atribuciones erradas, epígrafes recreados, traducciones inventadas de originales perdidos y, por decirlo en una palabra, imposturas en toda regla que han proporcionado a los estudiosos de ayer y de hoy los mayores quebraderos de cabeza de sus vidas. Porque si, como dice Borges, la literatura empieza con el poema de Homero, entonces el fraude literario es, al menos, tan antiguo como la propia literatura. Y para desenmascararlo hacen falta muchas páginas a la espalda y una dosis no menor de inteligencia e intuición filológica.
Algunos casos son tan extremos que hoy resultan ridículos, como el de Pierre Hammon, que aprovechó la rara caligrafía de un papiro ravenés para reivindicar el descubrimiento del testamento autógrafo de Julio César; o el supuesto autoepitafio de Virgilio, en el que éste se alaba sí mismo por la elaboración de la Eneida, obra que, según es sabido, el autor dejó a su muerte inacabada, con expresas instrucciones para que fuera destruida en el caso de que -como finalmente ocurrió- no tuviera tiempo de revisarla a fondo. Suelen citarse, dada la categoría del implicado, las numerosas tumbas descubiertas en las que yace la hija de Cicerón (Tuliola), aunque su importancia es anecdótica cuando, ya en 1908, F. Abbot identificó como espúreas 10.576 inscripciones latinas, que eran casi el diez por ciento del corpus de las que entonces se conocían.
Y queda mucho más: al humanista y filólogo J. J. Escalígero, que precisamente dedicó la mayor parte de su vida a autentificar testimonios del corpus dionisiacum y limpiar de corrupciones la poesía de Catulo y Tibulo, le pareció muy divertido entretener a sus sucesores haciendo circular un Cronicón anónimo, escrito en perfecto griego y organizado cronológicamente por olimpíadas, que durante siglos fue considerado un clásico de la literatura historiográfica. De la tradición bíblica y demás textos revelados es mejor no hablar: baste recordar que los constantes errores sintácticos y solecismos del Apocalipsis de Juan han sido argumento de importantes polémicas sobre la autenticidad del documento. ¿Cómo puede Dios, que a fin de cuentas es el dictator del texto, cometer tamañas faltas de concordancia?
Casi cien años ha estado colgada la espada de Damocles sobre la famosa fíbula de Preneste: Hoy parece existir cierto consenso en que se trata de una falsificación a manos, probablemente, del mismo arqueólogo Helbig que dijo haberla encontrado. El arcaísmo del breve texto de la inscripción es tan cándido que algunos románticos todavía quieren considerarla auténtica.
Y en el siglo XXI la historia continúa. Leed si no los interesantes artículos de prensa sobre el culebrón arqueológico de Iruña-Veleia, donde aparecieron hace un par de años los supuestos vestigios más antiguos de la lengua vasca en inscripciones latinas. O el extraordinario hallazgo del Papiro de Artemidoro, un documento de dos mil años de antigüedad que contiene, junto a los fragmentos de la obra geográfica perdida de Artemidoro de Éfeso -para mayor interés, el fragmento conservado es la descripción más antigua de la Península Ibérica- toda una serie de enigmáticos bocetos de calidad prerrenacentista con figuras anatómicas animales
y humanas que se entrelazan con las columnas de texto sin guardar aparente relación alguna. Filólogos especialistas y papirólogos de todo el mundo han visitado ya el museo de Turín donde se exhibe la pieza, mientras Luciano Canfora, desde su cátedra de la Universidad de Bari, pregona incansablemente a los cuatro vientos la inautenticidad del manuscrito, considerándolo una falsificación realizada en el siglo XIX por el aventurero Constantino Simonidis, el mismo que robó del monasterio del monte Athos un famoso manuscrito cartográfico griego para vendérselo al British Museum, en cuya biblioteca hoy se conserva.
La lista de falsificadores célebres es casi interminable. A lo mejor queréis enriquecerla con algún otro caso interesante que conozcáis. Eso si los exámenes no os están exprimiendo irreversiblemente el cerebro...

jueves, 21 de enero de 2010

Actualidad universitaria

Hace tres días la emisión de un telediario nacional hizo saltar la alarma de que los estatutos de la Universidad de Sevilla permiten a sus estudiantes copiar en los exámenes. Ya que esta normativa fue aprobada por el claustro universitario en septiembre, y todas las resoluciones del claustro se envían por correo electrónico a la comunidad docente al completo, no entraré a discutir si es que el profesorado de esta universidad ignora sistemáticamente las notificaciones del rector o si, más bien, las lee pero necesita que la televisión le aclare el verdadero sentido de lo que han leído. Tampoco quiero detenerme en señalar, como seguramente han hecho otros, el absurdo de que la polémica en torno a una formalidad administrativa deje en segundo plano la discusión de los verdaderos problemas que afronta en la actualidad una universidad en crisis. Por otra parte, me pregunto si no estará ocurriendo en este país nada más importante para que una emisora nacional difunda semejante estupidez con tres meses de retraso. Pero la metáfora del alumno que copia era demasiado buena para dejarla pasar de balde.

La generación que ha comenzado a estudiar este curso –que probablemente pasará a la historia como la primera promoción que pudo copiar- se encuentra en una situación, según me parece, por completo novedosa en el ámbito académico: por primera vez los estudiantes son enteramente responsables de su propia formación. Entiéndase bien: un alumno siempre ha sido y es el último responsable de lo que aprende, pero, al menos hasta este momento, la universidad se preocupaba por posibilitar y, en la medida en que podía, exigir, un nivel de formación en sus alumnos que superaba con mucho las exigencias de la orientación profesional de sus titulaciones. La institución, en principio, no estaba diseñada para facultar trabajadores cualificados sino, ante todo, hombres y mujeres formados que, además de competentes en su especialidad, fueran también, al menos idealmente, personas cultas.

Y esto no incumbe, en contra de lo que se suele pensar, exclusivamente a las carreras de Humanidades que carecen de una aplicación práctica inmediata. En la misma medida la preparación universitaria de un licenciado en Física abarca un espectro de conocimiento mucho mayor de la que requerirá el titulado cuando se instale en el mundo laboral; un médico recibe una formación mucho más amplia de la que aplicará en el futuro según su oportuna especialización; y a un abogado se le exige –se le exigía- dominar toda una serie de materias que sobrepasan los recursos de que se servirá en el ejercicio de sus funciones. Lo mismo un filólogo no tiene que estar al día en cuestiones de lingüística indoeuropea para enseñar el rosa, rosae a los estudiantes de bachillerato.

Pues si médicos, arquitectos, historiadores y filósofos no necesitan técnicamente esas aptitudes para desarrollar sus trabajos con mediana dignidad, ¿para qué mantener todos estos costosos programas universitarios, bajo la égida de posibilitar la reflexión madura sobre los temas más controvertidos, y contribuir de esta forma al avance de la ciencia? Mejor asumir la pérdida de un espacio de libre intercambio intelectual cuyo mantenimiento es, a todas luces, poco rentable. Por eso, desde el momento en que la formación humana ha dejado de ser uno de los objetivos de una universidad convertida, ya de manera oficial, en una cómoda máquina expendedora de títulos, ¿a qué tanto revuelo por permitir que los alumnos copien en los exámenes, si ésta es una medida que contribuye legítimamente a la mejor consecución de los objetivos propuestos?

El proceso ya está completo y no hay vuelta atrás. La universidad ha sido la última en caer, pero ha caído, y ahora está integrada en el esquema educativo normal que ha programado el Estado. El objetivo, en mi opinión, es simple y se deduce rápidamente de la mera observación de la reforma de Bolonia: reducir definitivamente los contenidos de las titulaciones, priorizando según el rasero de las necesidades profesionales estadísticamente más relevantes en cada sector. Y, a modo de caramelito para los disidentes, el reluciente máster, que ampliará los horizontes de expectativas de los afortunados que puedan pagárselo. Pero hay que conocer muy poco al ser humano para pensar que una persona con 25 años y una carrera acabada va a querer emprender un máster sin proyección directa en el mercado laboral, donde la alta especialización se combine con la reflexión mediante la profundización en los problemas más serios de las disciplinas científicas. Dudo incluso que tales másteres se oferten. Porque para adentrarse, sin ánimo de beneficio ni lucro, en la batalla perdida de las ciencias humanas hay que ser un don Quijote reincidente, o tener 18 años y mirar el futuro con la tranquilidad de que el tiempo que queda es tanto que merece la pena desperdiciarlo desentrañando sutilezas de rara filosofía.

Así que acabemos con esta hipocresía y dejemos que los alumnos se copien, como llevan haciendo toda la vida, porque si lo que han venido a buscar aquí es un lugar para la reflexión trascendental, la discusión de la ciencia y la educación del espíritu, me temo que se han equivocado por completo de sitio.

domingo, 17 de enero de 2010

Filosofía, física y literatura

Hace ya más de cien años que la afirmación de que Aristóteles (De caelo, 2.13) ya había señalado la necesidad de que la Tierra fuera redonda más de 700 años antes de las formulaciones de Galileo y los viajes de Colón se ha convertido en un tópico de la divulgación científica.
Probablemente el propio Aristóteles aprendió esto de los pitagóricos, que interpretaron que la sombra circular que proyectaba la Tierra sobre la luna en los eclipses implicaba la esfericidad de ambos volúmenes. Y esto 300 años antes de que Eratóstenes, sirviéndose de la sombra proyectada por un palo el día del solsticio de verano en Alejandría calculara, con un error menor al 1%, la medida de la circunferencia de la Tierra que, por aquel entonces, había vuelto a suponerse plana. El cálculo seguramente maravilló a dos de sus mejores amigos: el inventor Arquímedes, que le dedicó al menos tres de sus obras, y el poeta Calímaco, director de la Biblioteca de Alejandría, ya que Eratóstenes, además de geógrafo, astrónomo, matemático y físico, era también poeta.

Los griegos no conocieron la división tajante que hoy separa la ciencia de la filosofía y del arte. Aristóteles se entregó con igual dedicación e interés a sus estudios de retórica, política, física, biología y poética; en igual medida preocuparon a Demócrito la teoría atómica que lo hizo famoso y la educación moral del hombre, la literatura y la música; y el metafísico Parménides, de la ciudad de Elea, dejó la esencia de su pensamiento filosófico plasmada en un único poema cuyo sentido se resiste todavía hoy a una interpretación definitiva.

Una de las lecciones más importantes que podemos aprender de los griegos es que la fascinación del hombre por el mundo no se puede compartimentar. El siglo XX está lleno de aportaciones científicas que han revolucionado nuestro conocimiento del universo en todas sus facetas. Si nos esforzamos por conocerlas y conseguimos apreciar la belleza que hay en ellas, entonces estamos pensando a la manera griega. El viaje a la Antigüedad no puede ser un refugio donde nos olvidemos de lo que nos rodea para instalarnos en una cómoda realidad erudita y estrecha. Tiene que ayudarnos a mirar el mundo con curiosidad y libres de prejuicios. De otra manera yo creo que habremos fracasado.

jueves, 14 de enero de 2010

Yo tuve que ser aquel hombre

Una de las actividades más complejas y al mismo tiempo irrenunciables de la filología tanto antigua como moderna es la traducción. Cuanto más tiempo le dedica uno a la tarea de desentrañar el significado formal y conceptual de un texto, más parece escaparse de las manos la expresión definitiva que pueda dar cuenta de los infinitos matices que tiene la literatura en la lengua en que ha sido escrita.

Una de las reflexiones que más me gustan acerca del trabajo del traductor filólogo es la que expone Borges en "La busca de Averroes", el décimo de los diecisiete relatos que componen El aleph. Este relato nos cuenta los problemas que tuvo el médico árabe Averroes, traductor y trasmisor de la Poética de Aristóteles, para interpretar los términos de tragedia y comedia, que aparecían constantemente en la obra, y cuyo referente el sabio musulmán, que no había visto jamás un teatro, desconocía por completo. Como no podía ser de otra manera, la conclusión del cuento sobrepasa la curiosidad filológica y penetra de lleno en el terreno existencial: Borges termina por verse a sí mismo en su intento de escribir sobre Averroes tan perdido como el propio Averroes del relato, que busca comprender las palabras de Aristóteles. Para escribir el cuento, al fin y al cabo, tenía que haber sido aquel hombre.

Traducir es traicionar el original. En vuestra opinión, ¿hasta qué punto el original merece ser intocable? ¿Realmente debe el traductor -debemos nosotros- pasar desapercibido en la transmisión del mensaje? El hecho de que la traducción perfecta es inalcanzable está fuera de toda duda; me pregunto hasta qué punto puede ser lícito alterar conscientemente el original y aceptar la realidad de la intervención del traductor en la creación de esta nueva obra literaria que es el poema -la novela, el drama- vertido en una lengua nueva.

sábado, 9 de enero de 2010

Cómo se hace filología a martillazos


Pocos recuerdan ya que el filósofo del eterno retorno, primero de los tres maestros de la sospecha y homicida confeso de dios, Friedrich Nietzsche, fue también, y antes que todo eso, el niño consentido de la filología alemana. Por eso, aunque el acceso a las cátedras de filología requería indispensablemente la posesión de un doctorado, Nietzsche, con menos de 25 años, obutvo una cátedra de griego en Basilea tres años antes de la lectura de su tesis, El nacimiento de la tragedia, objeto de una controvertida polémica de la que el filósofo salió bastante mal parado (algunos datos de la controversia los podéis leer en la correspondencia de Nietzsche con su amigo Rohde y con Ritschl, su antiguo maestro, aunque la mayoría de los textos no están disponibles en español en la red).
No podía ser de otra manera, ya que Nietzsche dio a luz una obra absolutamente genuina y sin precedentes. En ella pretendía dilucidar una de las cuestiones más complejas de la literatura antigua, el origen de la poesía trágica y su relación con la epopeya y los géneros musicales griegos. Y lo hizo en una exposición arrebatada y continua, sin aparato de notas ni relación de fuentes, es decir, sin todo aquello que caracteriza una tesis doctoral de filología.
A pesar del carácter extravagante e insolente que se aprecia en el libro –la crítica a los sectores académicos tradicionales se hace explícita en la figura del “hombre alejandrino”-, la reacción más inmediata no procedió precisamente de las autoridades consagradas del ámbito europeo, sino de un joven de poco más de 20 años, recién doctorado, que, en un artículo furibundo titulado Zukunftsphilologie! (¡Filología del futuro!) sirviéndose de un estilo relamido y arcaico descalificó y parodió las tesis de Nietzsche, pregonando la ignorancia del filósofo acerca de las cuestiones que trataba y su carencia de rigor científico. El joven no era otro que U. von Wilamowitz-Möllendorf, futuro princeps philologorum de las letras clásicas.
Así terminó aquel intento de integrar el estudio de la estética en la investigación filológica, de no limitar nuestro conocimiento de los textos a su análisis morfosintáctico, sus peculiaridades lingüísticas y su interpretación histórica, contextual y anecdótica. Nietzsche no abandonó nunca su preocupación por el porvenir de los estudios filológicos; os recomiendo especialmente la lectura de textos como Homero y la filología clásica, Cómo se llega a ser filólogo o el prólogo al Certamen homérico. Ciento cincuenta años más tarde, ¿qué pensáis vosotros de la filología que hemos heredado de los que nos precedieron? ¿En qué nos satisface y en qué nos decepciona? Qué carencias percibimos y cómo podríamos solucionarlas…

sábado, 2 de enero de 2010

El camino, la selva, la pantera y Virgilio.

Más de 15 años tardó Dante Alighieri en componer la Divina Comedia, que conluyó poco tiempo antes de su muerte, en 1321. La obra, que podéis consultar aquí en versión original, está llena de enigmas y alusiones misteriosas: cuando uno la lee tiene la continua sensación de que hay algo ahí que no termina de comprender, una suerte de contenido velado, semioculto en el entretejido simbólico del poema. Éstos son los primeros versos:
Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita.
En mitad del camino de la vida, me encontré en una selva oscura, pues había perdido la pista del sendero recto. La interpretación tradicional de la Comedia apunta que la selva oscura representa el mundo de las pasiones que enturbian el ánimo, y que el poeta que se ha extraviado de la directa vía es el hombre apartado por el pecado del justo itinerario de Dios. Las metáforas son elocuentes: el bosque evoca todo lo desconocido, aquello que no podemos controlar y nos asusta; por eso es oscuro, privado de la luz de la razón y, en el imaginario neoplatónico cristiano, de Dios. Seguidamente Dante encuentra un camino empinado –la cuesta que conduce a la virtud-, pero cuando intenta transitarlo lo espantan tres fieras amenazadoras que le salen al paso: una pantera, un león y una loba, respectivos símbolos de los pecados de lujuria, soberbia y avaricia. Ya que emprender el ascenso hacia la virtud le era estorbado por la presencia de las fieras, Dante tiene que retroceder de nuevo al valle (el valle que es el mundo, recordad aquello del valle de lágrimas). Aparece entonces el espectro de Virgilio, encargado de guiar a Dante en su catábasis; él será el único capaz de conducir a Dante fuera de las tinieblas en que habita.
Como toda buena obra, la Comedia ha suscitado muchas interpretaciones diversas, además de la tradicional. Es ya clásica la lectura política que ve en la selva oscura una metáfora de Italia dividida, en la pantera un símbolo de la corrupción política florentina, y en la loba una alusión directa al poder temporal de la Iglesia de Roma. Me pregunto si podremos añadir nosotros una versión nueva en la que el poeta sea un joven –quizá todavía no en el punto medio de su vida; con toda probabilidad un poco extraviado del camino recto-, que decide estudiar Filología Clásica (Virgilio) para poder después desenvolverse en el mundo (el valle; la directa vía) . ¿Cómo alumbrará Virgilio nuestra propia selva oscura? ¿Qué esperáis que os aporte esta carrera que, al parecer, no sirve para nada?