sábado, 9 de enero de 2010

Cómo se hace filología a martillazos


Pocos recuerdan ya que el filósofo del eterno retorno, primero de los tres maestros de la sospecha y homicida confeso de dios, Friedrich Nietzsche, fue también, y antes que todo eso, el niño consentido de la filología alemana. Por eso, aunque el acceso a las cátedras de filología requería indispensablemente la posesión de un doctorado, Nietzsche, con menos de 25 años, obutvo una cátedra de griego en Basilea tres años antes de la lectura de su tesis, El nacimiento de la tragedia, objeto de una controvertida polémica de la que el filósofo salió bastante mal parado (algunos datos de la controversia los podéis leer en la correspondencia de Nietzsche con su amigo Rohde y con Ritschl, su antiguo maestro, aunque la mayoría de los textos no están disponibles en español en la red).
No podía ser de otra manera, ya que Nietzsche dio a luz una obra absolutamente genuina y sin precedentes. En ella pretendía dilucidar una de las cuestiones más complejas de la literatura antigua, el origen de la poesía trágica y su relación con la epopeya y los géneros musicales griegos. Y lo hizo en una exposición arrebatada y continua, sin aparato de notas ni relación de fuentes, es decir, sin todo aquello que caracteriza una tesis doctoral de filología.
A pesar del carácter extravagante e insolente que se aprecia en el libro –la crítica a los sectores académicos tradicionales se hace explícita en la figura del “hombre alejandrino”-, la reacción más inmediata no procedió precisamente de las autoridades consagradas del ámbito europeo, sino de un joven de poco más de 20 años, recién doctorado, que, en un artículo furibundo titulado Zukunftsphilologie! (¡Filología del futuro!) sirviéndose de un estilo relamido y arcaico descalificó y parodió las tesis de Nietzsche, pregonando la ignorancia del filósofo acerca de las cuestiones que trataba y su carencia de rigor científico. El joven no era otro que U. von Wilamowitz-Möllendorf, futuro princeps philologorum de las letras clásicas.
Así terminó aquel intento de integrar el estudio de la estética en la investigación filológica, de no limitar nuestro conocimiento de los textos a su análisis morfosintáctico, sus peculiaridades lingüísticas y su interpretación histórica, contextual y anecdótica. Nietzsche no abandonó nunca su preocupación por el porvenir de los estudios filológicos; os recomiendo especialmente la lectura de textos como Homero y la filología clásica, Cómo se llega a ser filólogo o el prólogo al Certamen homérico. Ciento cincuenta años más tarde, ¿qué pensáis vosotros de la filología que hemos heredado de los que nos precedieron? ¿En qué nos satisface y en qué nos decepciona? Qué carencias percibimos y cómo podríamos solucionarlas…

5 comentarios:

  1. Sinceramente, creo que el mayor problema de muchos filólogos actuales es que han "perdido el norte". Se ofuscan con un problema mínimo, muy encapsulado y parcelado, y dejan de ver el corpus que constituye la filología en sí(recordad el caso del "genitivo cadavérico" , aunque sea un poco tonto).
    Quizá sea cuestión de orgullo, como todo al final. Pero ésta es solo mi percepción.

    ResponderEliminar
  2. Gracias Laín por tu comentario. Me gustaría que, si te parece bien, profundizaras un poco en eso de perder el norte. ¿Cuál crees tú que debe ser el norte? ¿Cuál es el objetivo que te satisfaría?
    Ofuscarse hasta el paroxismo con detalles mínimos es un mal endémico de la filología y, en general, de cualquier arte refinado. A mí me parece que es como la estrategia del avestruz: para huir de los problemas grandes (qué quieren decir los textos) nos refugiamos en los pequeños (si tal genitivo es partitivo o ablativo en un contexto irrelevante).
    Por cierto, ¿qué es eso del genitivo cadavérico? Tengo curiosidad...

    ResponderEliminar
  3. genitivo cadavérico, el de la mano del muerto. Es como el complemento circunstancial de embriaguez en "cambia de color con dos copas" (¿o ese es de compañía?).

    ResponderEliminar
  4. Claro, fue postulado por Adrados en su día, si mal no recuerdo, como "burla" ante la cantidad casi infinita que daban las gramáticas antiguas a los valores semánticos del genitivo.
    Sobre los objetivos de la filología: yo la percibo, en numerosas ocasiones, como un nexo de unión entre pasado, presente y futuro. Tú mismo has dicho que "quieren huir de los problemas grandes". Pues bien, esa es la cuestión. Creo que olvidan el objetivo principal, desentrañar ese mundo que nos precedió y que nos puede dar muchas pistas sobre diversos campos: psicología, historia, literatura...y, si bien son importantes los problemas menores, creo que deberían priorizar y preguntarse cuál es su objetivo como filólogos, si realmente quieren llegar al fondo de la cuestión.

    ResponderEliminar
  5. Bravo por tu aportación, Laín. Sólo cambia "deberían" por "deberíamos" y "su objetivo" por "el nuestro" y ya podemos empezar a trabajar. Yo creo que merece la pena.
    Gracias Lola por la aclaración. Definitivamente el circunstancial de embriaguez ocupa el primer puesto. Antes mi favorito era el dativo instrumental-comitativo de acompañamiento militar: ἀφικέσθαι πολλῇ δυνάμει (=llegar con un gran ejército), que recoge Lasso de la Vega en su Sintaxis. En latín siempre me resultó simpático el "nominativo por inercia" al respecto del cual dice Bassols:
    "Como las palabras se formulan normalmente en nominativo, cuando ninguna fuerza especial actúa sobre ellas, a veces, por inercia o comodidad, continúan en nominativo, a pesar de que la función que desempeñan exigiría otro caso".
    Y luego dirán que la morfosintaxis carece de poesía.

    ResponderEliminar