jueves, 14 de enero de 2010

Yo tuve que ser aquel hombre

Una de las actividades más complejas y al mismo tiempo irrenunciables de la filología tanto antigua como moderna es la traducción. Cuanto más tiempo le dedica uno a la tarea de desentrañar el significado formal y conceptual de un texto, más parece escaparse de las manos la expresión definitiva que pueda dar cuenta de los infinitos matices que tiene la literatura en la lengua en que ha sido escrita.

Una de las reflexiones que más me gustan acerca del trabajo del traductor filólogo es la que expone Borges en "La busca de Averroes", el décimo de los diecisiete relatos que componen El aleph. Este relato nos cuenta los problemas que tuvo el médico árabe Averroes, traductor y trasmisor de la Poética de Aristóteles, para interpretar los términos de tragedia y comedia, que aparecían constantemente en la obra, y cuyo referente el sabio musulmán, que no había visto jamás un teatro, desconocía por completo. Como no podía ser de otra manera, la conclusión del cuento sobrepasa la curiosidad filológica y penetra de lleno en el terreno existencial: Borges termina por verse a sí mismo en su intento de escribir sobre Averroes tan perdido como el propio Averroes del relato, que busca comprender las palabras de Aristóteles. Para escribir el cuento, al fin y al cabo, tenía que haber sido aquel hombre.

Traducir es traicionar el original. En vuestra opinión, ¿hasta qué punto el original merece ser intocable? ¿Realmente debe el traductor -debemos nosotros- pasar desapercibido en la transmisión del mensaje? El hecho de que la traducción perfecta es inalcanzable está fuera de toda duda; me pregunto hasta qué punto puede ser lícito alterar conscientemente el original y aceptar la realidad de la intervención del traductor en la creación de esta nueva obra literaria que es el poema -la novela, el drama- vertido en una lengua nueva.

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